En tribunales de todo el país, editoriales y creadores están demandando a grandes empresas de IA por entrenar modelos de IA generativa con obras protegidas por derechos de autor. Es fácil ver estos casos como un enfrentamiento entre David y Goliat, en el que autores y editoriales luchan por quedarse con una parte de las ganancias de las grandes tecnológicas. Pero esta disputa es en realidad mucho más amplia. Afecta a miles de millones de personas que no están representadas en el caso, entre ellas investigadores, artistas, activistas, periodistas, personas con discapacidad y cualquiera que acceda a contenido en línea y lo comparta.
Por eso la EFF interviene para defender los derechos del público en estos casos. Hoy, la EFF presentó un escrito de amicus curiae en el caso In re OpenAI, en el que explica cómo la decisión del tribunal sobre el uso justo (fair use) podría afectar a personas de todo el mundo. Si se restringe el uso justo, se obstaculizará el trabajo que beneficia al público, como la investigación médica y el periodismo de investigación, e incluso se limitará el acceso a herramientas de protección de la privacidad.
Seamos claros: los creadores y trabajadores merecen apoyo a medida que la IA transforma sus campos, y las grandes tecnológicas deben rendir cuentas por los daños que causan. Pero dar a los titulares de derechos de autor más control sobre la web no logrará ninguno de esos objetivos. Si los demandantes ganan estos casos, los tribunales tendrían que reescribir la ley de derechos de autor de formas que perjudicarían a todos, salvo a las poderosas empresas de medios y de tecnología.
Reescribir el uso justo nos perjudica a todos
El derecho de autor existe por una sola razón: estimular la creatividad y la innovación al servicio del bien común. Lamentablemente, los demandantes en esta causa buscan limitar los derechos de uso justo de todas las personas, de maneras que frustrarían el propósito fundamental del derecho de autor. Los daños de reducir el uso justo irán mucho más allá de la IA generativa y nos afectarán a todos.
Las especulaciones iniciales de que los modelos de IA serían máquinas de infracción, capaces de producir en serie obras muy similares a aquellas con las que fueron entrenados, resultaron infundadas. Y los tribunales ya han reconocido el uso justo en casos en los que se usaron obras protegidas para entrenar modelos de IA generativa, al entender que el entrenamiento utiliza esas obras con un propósito fundamentalmente distinto.
Los demandantes en estos casos sostienen que, aunque el uso sea transformador, usar sus obras para entrenar IA sigue siendo injusto, porque los modelos podrían generar obras nuevas, que no infringen derechos, pero que podrían competir con las suyas. También argumentan que extraer o descargar los datos sin permiso —o, en algunos casos, desde sitios web que contienen copias infractoras— constituyó una infracción en sí misma o volvió injusto cualquier uso posterior de esos datos.
Estos argumentos pondrían en riesgo investigaciones y trabajos periodísticos valiosos. En primer lugar, si copiar sin permiso excluye el uso justo, la ley nunca protegerá los usos transformadores que nos benefician a todos. Investigadores, periodistas y otros grupos de vigilancia recopilan información de la misma manera que lo hacen las empresas de IA, pero lo hacen al servicio del interés público y, muchas veces, para exigir rendición de cuentas a las propias grandes tecnológicas. Por ejemplo, periodistas e investigadores de organizaciones sin fines de lucro han usado técnicas de rastreo (crawling) o extracción de datos (scraping) para investigar posibles prácticas anticompetitivas de empresas tecnológicas y para estudiar la desinformación y el contenido de odio publicado en X. Sus técnicas de obtención de datos son prácticamente idénticas a las que usan los gigantes de la IA, pero no cuentan con los enormes recursos de esas empresas.
Exigir a los usuarios que demuestren que el material protegido se obtuvo de forma lícita también amenazaría el uso cotidiano de internet. Como explicó el escrito de la EFF, esa exigencia “pondría en duda jurídica los miles de millones de copias que hacemos colectivamente cada día mediante actividades rutinarias en línea, como abrir correos electrónicos, hacer clic en un enlace incrustado, visitar sitios web, compartir fotos, escuchar música en streaming y ver videos. Toda esta actividad requiere copias intermedias”.
El uso justo es lo que nos permite a todos usar internet sin vernos obligados a rastrear el origen de cada imagen, video y artículo en el que hacemos clic, ni a asegurarnos de que todos los derechos estén liberados.
Además, aunque es comprensible que a los titulares de derechos les preocupe la competencia de las obras generadas por IA, la ley de derechos de autor existe para promover la creación de obras nuevas, no para proteger a los autores que publicaron primero. Según la teoría de los demandantes, nadie podría subirse a hombros de gigantes. El derecho de autor podría impedir que alguien escribiera libros nuevos inspirados en los temas de una novela o un género favorito, o que investigadores académicos publicaran revisiones bibliográficas que sintetizan aportes de estudios anteriores, simplemente porque los lectores podrían preferir esas nuevas publicaciones a las que llegaron antes.
Por último, los modelos de IA de propósito general no están diseñados ni suelen usarse para crear obras dirigidas a un mercado en particular. Estos modelos se han usado para generar nuevos conocimientos y herramientas en medicina, ciencia, periodismo, arte y accesibilidad. Por ejemplo, una herramienta basada en IA llamada Be My AI usa los modelos GPT de OpenAI para ofrecer descripciones visuales a personas ciegas o con baja visión. Las herramientas generativas también han acelerado la investigación científica, y hay investigadores que las han usado para desarrollar nuevos tratamientos y medicamentos para enfermedades que antes se consideraban incurables.
Las licencias obligatorias afianzarían el poder de las grandes tecnológicas
Algunos creadores y editoriales sostienen que los desarrolladores de IA simplemente deberían obtener una licencia. Pero exigir permiso para cada obra utilizada daría a las empresas más grandes una enorme ventaja sobre sus competidores pequeños y obstaculizaría la investigación académica. Como señaló recientemente el profesor Lawrence Lessig:
Si todo entrenamiento requiere una licencia, solo un puñado de gigantes tecnológicos podrá costear el entrenamiento. No porque los autores sean codiciosos, sino porque el sistema de derechos de autor es el sistema de propiedad más ineficiente que ha conocido la humanidad.
Además, en muchos casos es poco probable que los creadores se beneficien de estos acuerdos de licencia. Los gigantes de los medios y el entretenimiento llevan décadas aprovechándose del desequilibrio entre ellos y los artistas mal pagados. Intentar ayudar a los creadores dándoles más derechos de autor es, como ha escrito Cory Doctorow, como intentar ayudar a un niño víctima de acoso escolar dándole más dinero para el almuerzo, para que el abusón se lo quite. Los artistas ya no obtienen buenos acuerdos de las discográficas ni de las editoriales; no hay razón para pensar que estas empresas, que ya son dueñas de los derechos de autor, tratarán a los artistas de forma más justa una vez que controlen los datos que alimentan la IA.
El futuro de la IA es demasiado importante para dejarlo en manos de la gran industria del contenido o de las grandes tecnológicas
Las tecnologías de IA nos afectarán a todos, y la ley de derechos de autor no está preparada para abordar muchas de esas consecuencias. Las reglas que rijan estas tecnologías deben estar al servicio del público, no solo del pequeño número de empresas que pueden darse el lujo de litigar durante décadas por derechos de autor o de pagar acuerdos de miles de millones.








